Ese es el problema. Seguir esperándote en los días de lluvia en
el club embarrado sin siquiera llevar paraguas para que vengas con tu enorme
sonrisa, la de siempre. Vivir en la incertidumbre de si te fuiste por completo
o vas a volver uno de estos días a merendar un té mientras yo tomo una chocolatada
bien grande (como de chiquitas porque odias la leche) o me vas a llamar para
que vayamos al barrio a ver a los chicos que nos gustan haciendo el muñeco de
fin de año sin que nuestros papas lo sepan.
Eso es lo que corre en mi mente cada segundo de cada día. No
poder abrazarte cuando me siento mal, no tener tu hombro disponible cuando me
siento sola y no tener tus carcajadas cuando tengo algo gracioso o novedoso que
contarle a alguien. No tentarnos por todo lo que vemos o escuchamos.
Cuando me despierto o llueve y estoy pegada a la ventanilla del
auto viajando pienso en vos, cuando estoy dormida sueño con vos, y cuando
alguien me habla de vos hasta te imagino; imagino como estarás, qué sentirás,
qué amigas tendrás y cómo te estará yendo en todas las nuevas cosas que emprendiste
desde que nos separamos. Y hay días que no me queda más que llorarte, porque
seguramente eso es lo único que hayas provocado en todo este tiempo.

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