domingo, 17 de agosto de 2014

No sos responsable de ninguno de mis desvelos, ni de mis lágrimas cuando suena un tema particular en el Ipod, ni de mis escritos, ni de mis malhumores. Es más, casi nunca te pienso. Pasaste en mi vida totalmente inadvertido y el día de mañana no vas a ser una historia que le cuente a mis hijos; pero acá estoy, dedicándote unos renglones, quizás de lo único que seas responsable sobre mi persona.
Es que no tenés nada que ver con un extremo, y uno se desvela, llora y se malhumorea por extremos. Es eso, lo “nuestro” fue tan mediocre que a veces me pregunto si existió tal cosa o nomás fue ausencia-de. Dudo acerca de si fue algo que nunca empezó, o le falta un cierre. O quizás es simplemente así ¿por qué esperamos que todas las historias y romances y amoríos sean redondos? Aún en las imperfecciones que les permitimos, pretendemos que sean perfectos, con principio y fin; claros, precisos. Y no.
Pero ahí estás, siempre volves de alguna manera. Sos esa cosa que tengo pendiente; eso que me falta conocer. Esa duda, esas ganas de enojarme con motivo. De poder pensarte sin sentir que estoy flasheando. De concretar; y no lo digo por las ganas de palpar tus promesas, sino por poder escuchar tus melodías y pensarlas para mí.
Es que para mí fui distinta. A las mujeres nos encanta pensar eso, que fuimos especiales para el otro, no necesariamente amadas, sino diferentes: que los dejamos pensando, que los atontamos, que no nos pudieron entender, que fuimos locas, que nos atrevimos, que no nos cabió una. Me quedo con esa idea, lo que tal vez me hace más triste es que para vos haya sido absolutamente nada.
Ser una loquita suelta se siente mejor que ser una normal suelta. Y por suerte, no necesito confirmar nada. O sí, me encantaría, pero sabiendo de tus mañas, jamás me harías saber si te moví más de un cuarto de pelo.

Vos sí que sos especial, eso seguro. El problema es que lo sabés.

No hay comentarios:

Publicar un comentario