No sos responsable de ninguno de mis
desvelos, ni de mis lágrimas cuando suena un tema particular en el Ipod, ni de
mis escritos, ni de mis malhumores. Es más, casi nunca te pienso. Pasaste en mi
vida totalmente inadvertido y el día de mañana no vas a ser una historia que le
cuente a mis hijos; pero acá estoy, dedicándote unos renglones, quizás de lo
único que seas responsable sobre mi persona.
Es que no tenés nada que ver con un
extremo, y uno se desvela, llora y se malhumorea por extremos. Es eso, lo “nuestro”
fue tan mediocre que a veces me pregunto si existió tal cosa o nomás fue
ausencia-de. Dudo acerca de si fue algo que nunca empezó, o le falta un cierre.
O quizás es simplemente así ¿por qué esperamos que todas las historias y
romances y amoríos sean redondos? Aún en las imperfecciones que les permitimos,
pretendemos que sean perfectos, con principio y fin; claros, precisos. Y no.
Pero ahí estás, siempre volves de
alguna manera. Sos esa cosa que tengo pendiente; eso que me falta conocer. Esa
duda, esas ganas de enojarme con motivo. De poder pensarte sin sentir que estoy
flasheando. De concretar; y no lo digo por las ganas de palpar tus promesas,
sino por poder escuchar tus melodías y pensarlas para mí.
Es que para mí fui distinta. A las
mujeres nos encanta pensar eso, que fuimos especiales para el otro, no necesariamente
amadas, sino diferentes: que los dejamos pensando, que los atontamos, que no
nos pudieron entender, que fuimos locas, que nos atrevimos, que no nos cabió
una. Me quedo con esa idea, lo que tal vez me hace más triste es que para vos
haya sido absolutamente nada.
Ser una loquita suelta se siente
mejor que ser una normal suelta. Y por suerte, no necesito confirmar nada. O
sí, me encantaría, pero sabiendo de tus mañas, jamás me harías saber si te moví
más de un cuarto de pelo.
Vos sí que sos especial, eso seguro.
El problema es que lo sabés.

No hay comentarios:
Publicar un comentario