lunes, 10 de diciembre de 2012


Patinando aprendí que no es necesario tener alas para volar; que estar en lo alto girando o sobre tierra en solo cuatro ruedas es como tocar el cielo con las manos; que no depende de la fuerza, ni de ser flaco, alto, gordo o bajo, sino que depende de la fé y voluntad que pongas.
Patinando aprendí que para aprender es necesario caerse y volverse a levantar cuantas veces tenga que ser, que no hay que vivir de quejas ni reproches, sino de sonrisas.
Patinando aprendí que hay muchas cosas por conocer que si no fuera por estas cuatro ruedas no conocerías. Aprendí de los gritos, las groserías, los torneos, cambiarse rápido de una coreografía a otra sin quejas, que hay que brillar en la pista y si algo sale mal volver a intentarlo y que la música te acompañe.
Patinando aprendí a amar, a reír, a llorar, a proponerme una meta y no parar hasta cumplirla, a abrazar, a tener amigas, a tener aguante, a no solo hacer las cosas por mi cuenta individualmente sino también en grupo, a acompañar a mi compañero/a, a no buscar siempre ser la protagonista, sino el elenco junto a mis compañeros, a escuchar las devoluciones de los jurados en los torneos y las correcciones de mi profesora en cada entrenamiento.
Del patinaje artístico sobre ruedas me llevo los mejores nueve años de mi vida, no se si hubiera sido igual sin los torneos, sin las caídas, sin los llantos ni los enojos, sin los retos de mi entrenadora y hasta de mis compañeros, sin esas largas horas sobre tierra y volando que pasé practicando algún que otro trompo o salto.
Nunca va a haber nada en mi vida que supere la sensación que tuve desde el primer momento que me puse las botas de patinaje hasta el último día que monté esas ruedas. No creo que haya algo más lindo en la vida que tener la oportunidad de VOLAR SIN ALAS.

No hay comentarios:

Publicar un comentario