Patinando aprendí que no es necesario tener alas para volar; que estar en lo alto girando o sobre tierra
en solo cuatro ruedas es como tocar el cielo con las manos; que no
depende de la fuerza, ni de ser flaco, alto, gordo o bajo, sino que depende de
la fé y voluntad que pongas.
Patinando aprendí que para aprender es necesario caerse
y volverse a levantar cuantas veces tenga que ser, que no hay que
vivir de quejas ni reproches, sino
de sonrisas.
Patinando aprendí que hay
muchas cosas por conocer que si no fuera por estas cuatro ruedas no conocerías.
Aprendí de los gritos, las groserías,
los torneos, cambiarse rápido de una coreografía a otra sin quejas, que hay que
brillar en la pista y si algo sale mal volver a intentarlo y que la música te
acompañe.
Patinando aprendí a amar, a reír,
a llorar, a proponerme una meta y
no parar hasta cumplirla, a abrazar, a tener amigas, a tener
aguante, a no solo hacer las cosas por mi cuenta individualmente sino
también en grupo, a acompañar a mi compañero/a, a no buscar siempre
ser la protagonista, sino el elenco junto a mis compañeros, a escuchar las devoluciones de los jurados
en los torneos y las correcciones de mi profesora en cada entrenamiento.
Del patinaje artístico sobre ruedas me
llevo los
mejores nueve años de mi vida, no se si
hubiera sido igual sin los torneos, sin las caídas, sin los
llantos ni los enojos, sin los retos de mi entrenadora y hasta de mis
compañeros, sin esas largas horas sobre tierra y volando que pasé practicando algún
que otro trompo o salto.
Nunca va a haber nada en mi vida que supere la sensación que tuve desde
el primer momento que me puse las botas de patinaje hasta el último día que
monté esas ruedas. No creo que haya algo más lindo en la vida que tener la
oportunidad de VOLAR SIN ALAS.

No hay comentarios:
Publicar un comentario